Me encuentro en el Resto-Bar de Palermo Soho donde quedé en encontrarme con Paula, una chica que conocí la semana pasada. Pero mi entusiasmo y mis seis meses de sequía sexual, me hicieron llegar antes de lo pactado. Entro, me ubico en una mesa y pido un café doble con tres medialunas. Mientras espero a que llegue mi pedido, observo que en la mesa al lado se sientan dos mujeres espectacularmente sexys. Como un niño frente a un chupetín gigante o un viejo frente a una pastilla de viagra, me quedo observando sin pestañar. En eso, oigo que una de ellas dice: “Le dije al tipo que entre por colectora”. Tranquilamente podría estar contando que iba en el auto con un amigo y estaban decidiendo si ir o no por el peaje. Pero como soy un hombre, mi perversa mente entra en acción y toda la pornografía que existe en internet pasa por mi cabeza en un segundo. En ese momento, un mozo de aproximadamente unos sesenta años se acerca hacía las dos mujeres y les pregunta qué desean ordenar. Ellas realizan su pedido y comienzan a charlar sobre otro tema. Dentro de mi cabeza crece un odio más grande que el que le tiene un músico egresado del conservatorio que toca en subte a Emanuel Ortega.
Pasan un par de minutos. Una vez que me calmo, una de ellas susurra una palabra que en la mente de una mujer puede ser algo trivial pero en la de un hombre es una bomba de tiempo: “Envergadura”. Mi cabeza trabaja más rápido que un japonés pasado de Speed y cuando está por develarse la incógnita, el mozo vuelve a aparece en escena con el pedido de las mujeres. Estas le agradecen y dejan de lado la conversación. El mozo se retira y le lanzo una mirada con más violencia que una película protagonizada por Chuck Norris, Charles Bronson y Joe Pesci.
Observo mi celular y me doy cuenta que falta poco para que sea la hora en que quedé con Paula. Ese pensamiento desaparece de mi cabeza al escuchar, de la mesa de al lado, las siguientes palabras en una sola frase: “Siete bien abierto”, “Tronco” y “Petiso”. Se que podrían estar refiriéndose a jugador de fútbol pero mi cromosoma Y anula esa chance y solo deja abierta la posibilidad de algo sexualmente perverso. En ese instante, levanto la mirada y veo al mozo que se acerca en plan de levantar las tazas de café de la mesa de las mujeres. No lo pienso dos veces. Me pongo de píe y me dirijo a toda velocidad hacía él. Como un debutante zaguero central que intenta ganarse a la hinchada me lanzo con las dos piernas hacia delante y levanto al mozo por el aire. Al reincorporarme, me doy cuenta que el resto de los empleados corren hacia mí con todo tipo de objetos contundentes. Antes de correr hacía la puerta, escucho que una de las mujeres le dice a la otra: “Ahora te cuento con lujo de detalles sobre la orgía del fin de semana, fue una locura”. Mi mente desea quedarse pero mi cuerpo decide por sí mismo y se lanza a la fuga. Mientras corro por mi vida, giro la cabeza, una y otra vez, para observar a las dos mujeres haciendo una serie de gestos obscenos que me dejaron más caliente que a un necrofílico después de ver “Sexto Sentido”.
Pasan un par de minutos. Una vez que me calmo, una de ellas susurra una palabra que en la mente de una mujer puede ser algo trivial pero en la de un hombre es una bomba de tiempo: “Envergadura”. Mi cabeza trabaja más rápido que un japonés pasado de Speed y cuando está por develarse la incógnita, el mozo vuelve a aparece en escena con el pedido de las mujeres. Estas le agradecen y dejan de lado la conversación. El mozo se retira y le lanzo una mirada con más violencia que una película protagonizada por Chuck Norris, Charles Bronson y Joe Pesci.
Observo mi celular y me doy cuenta que falta poco para que sea la hora en que quedé con Paula. Ese pensamiento desaparece de mi cabeza al escuchar, de la mesa de al lado, las siguientes palabras en una sola frase: “Siete bien abierto”, “Tronco” y “Petiso”. Se que podrían estar refiriéndose a jugador de fútbol pero mi cromosoma Y anula esa chance y solo deja abierta la posibilidad de algo sexualmente perverso. En ese instante, levanto la mirada y veo al mozo que se acerca en plan de levantar las tazas de café de la mesa de las mujeres. No lo pienso dos veces. Me pongo de píe y me dirijo a toda velocidad hacía él. Como un debutante zaguero central que intenta ganarse a la hinchada me lanzo con las dos piernas hacia delante y levanto al mozo por el aire. Al reincorporarme, me doy cuenta que el resto de los empleados corren hacia mí con todo tipo de objetos contundentes. Antes de correr hacía la puerta, escucho que una de las mujeres le dice a la otra: “Ahora te cuento con lujo de detalles sobre la orgía del fin de semana, fue una locura”. Mi mente desea quedarse pero mi cuerpo decide por sí mismo y se lanza a la fuga. Mientras corro por mi vida, giro la cabeza, una y otra vez, para observar a las dos mujeres haciendo una serie de gestos obscenos que me dejaron más caliente que a un necrofílico después de ver “Sexto Sentido”.
8 comentarios:
Pobre Paula.
Ahora contas lo que pasó con esa pobre cristiana con la que te encontraste... laburo? sexo desenfrenado? jajaja!
Abrazo
paula podría haber disfrutado de un sexo prestado y no pudo.
Eso pasa cuando uno no la pone. Empieza a ver visiones y pega de atrás para la roja. Abrazo.
Juanita is dead: Pobre el mozo!
Pablo: Nada, es pura ficción. Mi vida tiene menos sexo que el Disney Channel.
La Hilarante: Bueno, que disfrute de un sexo alquilado entonces.
Dany: Eso explica porque algunos jugadores son expulsados después de concentrar.
Jajaja buenisimo! me hiciste reir!! voy a pasar mas seguido por aca! Beso!
Con este post confirmaste mi teoría de que los mozos son siempre inoportunos.
Y cuando querés pedir la cuenta desaparecen.
LPM!
Mariposa: Me alegro! Pasa cuando quieras, ja ja ja.
Cat: Igual este era extremadamente inoportuno.
Publicar un comentario en la entrada