La increíble Amber Buttler alcanzó el momento más importante de su carrera como patinadora artística durante los últimos Juegos Olímpicos. En esa ocasión, obtuvo lo que todo deportista o rapero desea tener colgado en su pecho: una gran medalla de oro. La joven patinadora tuvo la amabilidad de recibirme en su casa de Manhattan para realizarle una entrevista a fondo.
-¿Qué tal, Amber? A los lectores del periódico y a mí, nos gustaría saber qué se siente ganar una medalla de oro –le comento sonriente.
-Es una emoción increíble –contesta ella-, sobre todo después de tanto esfuerzo.
-Por supuesto, el esfuerzo del entrenamiento intensivo y de una vida de sacrifi...
-No –me interrumpe Amber-. Es que antes de comenzar, bebí demasiada agua y tuve que hacer mi coreografía mientras me estaba por orinar encima. El esfuerzo del que hablaba es el de aguantarme, pero valió la pena porque gané la medalla.
-Si no es mucho pedir, ¿podría verla?
-Me temo que no la tengo. Tuve que venderla para cubrir unos gastos de mi padre… es un apostador compulsivo y debía mucho dinero a unos malditos usureros –me cuenta con lagrimas en los ojos.
-Recientemente leí un estudio que publicaron unos estudiantes de Harvard donde dice que apostar compulsivamente es hereditario, ¿sabes, Amber?
-No, eso es mentira.
-Es verdad. Es hereditario y tal vez tú podrías tener el mismo problema –le reitero.
-¡No es cierto, te apuesto lo que quieras a que no es cierto! –su gentil rostro se enrojece de golpe y sus facciones se transforman en las de una animal enfurecido- ¡Vamos, con mil demonios, di tu precio!
-No sé si es lo correcto, mejor…
-¡Apuesta, maldito cobarde –me grita, Amber, mientras me toma de la solapa de mi camisa-, apuesta de una maldita vez!
-Tu ganas, tu ganas… pero no me hagas daño –le suplico a una mujer que apenas sobrepasa el metro y medio, y me doy cuenta que en prisión tardaría menos de cinco minutos en ser la perra de alguien.
-Disculpa, no sé qué me sucedió. ¿Te encuentras bien?
-Sí, sí, estoy bien. Quisiera seguir con la entrevista, si es posible… lo último que dijo fue que vendió la medalla para cubrir los gastos de su padre.
-Así es. Pero no alcanzó para pagar la totalidad de su deuda y tuve que buscar un segundo trabajo. El problema es que no puedo interrumpir mi entrenamiento y eso me dejaba solo tenía dos opciones: mudarme a Alaska para trabajar como delivery en patines sobre hielo de una pizzería o afeitar personas con mis patines mientras practico mis piruetas.
-¿Y cuál de las dos has elegido? –le pregunto.
-La segunda. Es que afeitar personas es más simple, además con esto de la metrosexualidad cada día tengo más clientes.
-No es por contradecirla, Amber, pero pienso que como delivery en Alaska hubieses ganado mucho más dinero.
- ¿Ah, sí? ¿Quieres apostar? ¡Si estás tan seguro apuesta, maldito afeminado! –comenzó a aullar Amber a medida que su voz se ponía más gruesa.
Sin perder un segundo, tomé mis cosas y salí corriendo a toda velocidad. De hecho corrí tan rápido que podría llegar a competir en los próximos Juegos Olímpicos, pero tengo miedo de ir y volver a cruzarme con Amber.
5 comentarios:
todo porque en tu familia no hay jugadores compulsivos y vos no heredaste eso... si no... tu relación con amber sería otra.
Una lástima, era para apostarle que no te hacía piruetas horizontales! jajajajaja!
Abrazo
La Hilarante: Apostá todo a que sí!
Pablo: Si por "piruetas horizontales" insinuas algo sexual, no es gracioso... ah, no, ya lo entendí y sí... sí es gracioso, jajajaja.
jajaja,
hace mil que no entraba.
Esto sigue tan gracioso como antes
Seba: Eso es bueno o es malo? JA! Gracias por pasar.
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