El reloj de Sergio señalaba que habían pasado más de cuatro horas desde que había comenzado su día laboral. Pero a pesar de tener que trabajar en la calle con un calor extenuante y vistiendo un oscuro traje, su rostro dibujaba una agradable sonrisa. Sergio pensaba que su labor era importante. En realidad no lo pensaba, lo sabía. Se acercó a la siguiente puerta y presionó el timbre. No pasaron más de unos segundos para que la puerta se abriera de par en par. Del otro lado observó a una mujer de unos cuarenta años vestida con un traje de cuero negro que aprisionaba su regordete cuerpo. En la cabeza lleva puesta una máscara, del mismo material que el traje, que sólo deja ver la parte inferior de su rostro. La mujer se quitó la máscara y examinó a Sergio con una minuciosa mirada.
-Buen día señora –lanzó Sergio con una voz calma y uniforme-. Si usted me lo permite, quisiera hablarle de las bondades de nuestro señor… Jesucristo.
La mujer tomó a Sergio de las solapas de su traje y lo metió dentro de la casa. El living era amplio y estaba repleto de muebles, la mayoría de ellos se encontraban ubicados en sitios que los hacían difíciles de esquivar. Mientras caminaban en la sala, la mujer golpeó una mesa ratona con su pantorrilla derecha.
-¿Se encuentra bien, señora? ¿Se lastimó?
-Estoy bien, estoy bien… no es nada -Respondió la mujer al mismo tiempo que se mordió el labio inferior como relamiéndose de placer.
-Esa mesita está mal puesta. Parece como si la hubiesen dejado ahí a propósito para que alguien se golpee. –Le comentó Sergio, quien en ese preciso instante tuvo un momento de lucidez y comprendió que la mujer había sido quien dejó el mueble ahí para chocarlo y lograr una especie de “manuela” masoquista. Sergio tomó asiento en un sillón de dos plazas. La dueña de casa acomodó su gran humanidad en otro, frente a él.
-Bueno, quisiera hablarle de Jehová…
-No, acá la que va a hablar soy yo –dijo la mujer interrumpiendo el discurso de Sergio-… es que tengo un problema grabe y necesito contárselo a alguien para descargarme. El tema es así: soy masoquista y como tal, me excito con el dolor. Pero Héctor, mi marido, es el tipo más pacífico del mundo y no me quiere pegar.
-Claro, es un gran problema. Tal vez leyendo el libro del señor…
-No, ningún libro de ningún señor… cómo decía, Héctor es más bueno que Lazzie con bozal, atado, dopado, castrado y embalsamado por un taxidermista. Probé de todo pero no hay caso.
-Ahá –espetó Sergio.
Los ojos de la mujer comenzaron a llenarse de lágrimas.
-¡Y no quiero dejarlo! Porque a yo amo a mi marido… me acuerdo cómo nos conocimos y mi corazón se acelera.
-Sin dudas eso es amor, como el amor que mostró Jesús cuando…
-¿Sabes cómo nos conocimos? –Preguntó ella y respondió antes de que Sergio pudiera emitir algún sonido- En un accidente de autos. Quise adelantarme a un micro y choqué de frente con un camión enorme. El golpe fue tan violento que me rompí más de diez huesos y tuvieron que venir a sacarme del auto.
-Ah, entiendo, su marido fue el socorrista que la auxilió y ahí se enamoró de él.
-No, no… -contesta ella- Héctor era el que manejaba el camión. Nunca había sentido tanto dolor en mi vida y como soy masoquista, en ese momento me di cuenta de que era el hombre de mi vida.
La mujer soltó un suspiro digno de una adolescente enamorada y siguió hablando.
-Hablar de esto me trae muy buenos recuerdos. Como cuando en nuestra noche de bodas me quiso pasar en brazos a través de la puerta y mi cabeza chocó contra el marco. El golpe fue tan fuerte y doloroso que tuve un triple orgasmo. Pero eso fue hace mucho tiempo… así no puedo seguir, estoy desesperada.
Un silencio sepulcral se adueñó del lugar. Sergio debía decir algo para ayudar a la desconsolada mujer pero no sabía qué.
-¿Celos? ¿No probó con darle celos? No sé, con el sodero o con un vecino…
-Ya probé y no pasó nada.
-¿O con algún ex novio?
La cara de la mujer se cambió rotundamente y una pequeña sonrisa comenzó a dibujarse en la comisura de sus labios.
-Ahora que dijiste eso, recuerdo que una vez se puso bastante celoso.
-¿Ah sí?
-Sí. Apenas nos casamos le comenté sobre un ex novio con el que pasé momentos increíbles… es que él cumplía todas las expectativas de una mujer masoquista, sabés.
-¿Por qué? ¿Este tipo la golpeaba? –quiso saber Sergio, ya metido en la historia.
-No, nada que ver. Ramiro, así se llamaba mi ex, tenía el síndrome de tourette y cuando me hablaba, me insultaba todo el tiempo. De cada cinco palabras que salían de su boca, tres eran puteadas…
La mujer miró Sergio durante unos segundos mientras los dedos índice y pulgar rascaban suavemente su mentón.
–¡Se me ocurrió una excelente idea!
-¿Una idea?
-Sí. Son casi las 6 de la tarde y Héctor está por llegar de un momento a otro. Cuando entre por esa puerta, le decimos que vos sos mi ex y que viniste a verme.
-¿Y por qué le vamos a decir eso? –dijo Sergio que aún no entendía el plan.
-Porque seguro se seguro se enoja y me pega.
La cara de Sergio perdió todo tipo de expresión. Sabía que una de las posibilidades era que Héctor se enfade y descargue toda su ira sobre él y no sobre su mujer.
-No, no, no. Yo la ayudaría con gusto, pero esto es demasiado.
-¡Necesito tu ayuda! –Ella se puso de rodillas y juntó las manos en posición de súplica– Necesito que te hagas pasar por mi ex, porque él no sabe como es Ramiro físicamente… lo único que sabe es que tiene esa rara enfermedad, por lo que vas a tener que insultar casi todo el tiempo.
-No, señora, le pido disculpas pero no puedo ser parte de esta farsa.
Sergio estaba dispuesto a levantarse e irse cuando un sonido de llaves llamó su atención. Giró la cabeza y pudo entrever a través de la luz de la calle, la figura de un hombre alto y fornido. Sergio aún tenía tiempo de ponerse de pie y explicarle la situación al hombre, pero al volver a mirar hacia adelante, observó a la regordeta mujer de píe. En un esfuerzo sobrehumano, al menos para ella, saltó por sobre la mesita ratona que separaba los dos sillones. El cuerpo de la mujer se encontraba suspendido en el aire y Sergio sabía que el impacto era inminente. Solo atinó a vociferar un tímido “Noooooo” que pareció salir de su boca en cámara lenta. El cerebro de Sergio buscó un error en el plan de la mujer y por un segundo creyó encontrarlo: “Si ningún insulto salía de su boca, jamás creería que él era Ramiro”. En el preciso momento en que Héctor ingresó al living, la pesada mujer cayó sobre las piernas de Sergio y se escuchó un estrepitoso tronar proveniente del sillón. El golpe lo dejó sin aire y la mujer aprovechó ese instante para hacer poner en marcha su plan.
-Hola, Héctor. –Dijo ella con una voz sexy y sensual.
–Hola, mi amor -Respondió Héctor como si su mujer no estuviese tirada encima otro hombre-. ¿Quién es tu amigo?
-Es Ramiro… mi ex. Te acordás que te hablé sobré el hace mucho tiempo. Estaba por la zona y pasó a visitarme.
–¿Ramiro? –La mujer afirmó con un leve movimiento de cabeza y la agradable cara del hombre se transformó drásticamente.
Sergio tenía poco tiempo para explicar la situación y salvar su pellejo. Solo necesitaba decirle su verdadero nombre y la razón de por qué estaba en su casa.
–No, no… esto no es lo que…-En ese momento, Sergió advirtió que el tronido que se escuchó un rato antes no provenía del sillón sino de sus piernas. Comenzó a sentir un dolor insoportable y sitió la necesidad de descargarse– ¡Mierda! ¡Puta madre!
Héctor tomó a Susana de un brazo y la sacó de encima del pobre Sergio. Luego lo tomó de la solapa de su oscuro traje para levantarlo de un solo tirón y dejarlo suspendido en el aire. Sergio juntó fuerzas y coraje e intentó aclarar todo.
–Yo no soy…-Al bajar la mirada, observó una fractura expuesta en una de sus piernas. El dolor volvió a invadir su cuerpo y su mente, interrumpiendo su explicación.- ¡Concha de la lora! ¡Verga!
Héctor se encontraba fuera de control y Susana lo sabía. La situación se le había ido de las manos y debía interceder. Al querer tomar a su marido del brazo, la regordeta mujer fue levemente empujada y soltó un gemido de placer. Héctor la miró pícaramente. Ella le devolvió la mirada y luego le susurró algo al odio. Algo que Sergio no logró escuchar.
-Está bien, Susi. –Dijo Héctor y ambos sonrieron.
El hombre liberó a Sergio y alzó a su mujer con ambos brazos para meterse en el dormitorio y cerrar la puerta detrás de ellos. Sergio comenzó a sentir gemidos y gritos de placer antes de irse arrastrando hasta el hospital más cercano. Y al pasar al lado de la mesita ratona, dejó uno de sus folletos sobre los testigos de Jehová mientras pensaba “A veces Dios obra de maneras extrañas… dolorosamente extrañas”.


